Delirio
Con la justa -y necesaria- embriaguez, escribo estas líneas, la madrugada del día en el que se cumplen ya dos años desde que te aterricé, con ilusión e inocencia, y no precisamente por ese orden. Atrás dejaba una rutina pesada, cargante, abandonada en el momento justo-y necesario también- para salir de eso que llaman zona de confort.
Y es que a día de hoy sigo preguntándome por qué. Por qué la vida
está marcada por tan putos pequeños detalles. Como por ejemplo
enterarse la misma mañana del lugar donde iba a tener lugar esa prueba
de nivel de idioma, determinante para decidir si eres apto o no de
marcharte a estudiar fuera o, lo que es lo mismo, para decidir si
puedes formar parte de ese selecto grupo que va a poder vivir algo
único, irrepetible. Como por ejemplo jugar al azar en algunas
preguntas de esa prueba, por nervios o desconocimiento, y que, semanas
después, confirmen que sí, que eres apto. Apto para tomar un camino
nuevo en tu vida y conocer personas que de no haberse producido esos
detalles, no hubieras conocido.
De una u otra manera acabas ahí, en ese nuevo destino, desconocido y
en el que poco a poco te haces habitante, al que en no mucho terminas
llamando hogar, como ese trastero convertido en epicentro de fiestas,
nuestro querido cobertizo. Y eso a pesar de afrontar una nueva
convivencia, de sobrevivir a platos de ducha que se hunden en cada
movimiento al enjabonarte, o incluso de acostumbrarse a ver ratones
que atraviesan la cocina dándote los buenos días mientras preparas
café. No sé si influirá o no el contexto, pero de una situación
caótica nosotros hicimos un recuerdo, en el buen sentido, imborrable,
a través de un nexo cuya unión fue, literalmente, la mierda.
Y llegados a ese punto donde la sensación de independencia, libertad
y, en definitiva, felicidad, describe tu día día, amigos que estaban,
abandonan. Sin embargo llegan nuevos y permaneces tú, el verdadero
descubrimiento del viaje. Y vives dos viajes en uno, con el riesgo que
eso conlleva, pero con la satisfactoria sensación de haber apostado,
de haber arriesgado, de pasar de una repentina soledad a generar otro
epicentro de fiestas, con otros compañeros de viaje pero con la misma
ilusión del primer día. La sensación de haber triunfado resistiendo,
mejor dicho, prolongando la experiencia, juntos.
Ya por último me dirijo plenamente a ti. A tu cielo gris, a tus kots
y casas pegadas, a tus pedos a cerveza Kasteel y atardeceres en el
puerto, a tu querido Albert Heijn y lavanderías por doquier, a
tus patatas, únicas en el mundo, y tus gofres, cómo no; a tus bicis,
Swapfiets por supuesto, a tu marullero Red & Blue y su barrio
rojo, a tu siempre impactante barrio judío y su Stadspark, a tu bella
Centraal Station, a tu Ossenmarkt y su ambiente universitario , a tu
De Prof como único y vital punto común, a tu Clímax, a tu Groenplaats
y Grote Markt en Navidades, a tu repleta Meir, a tus partidos en el
Ágora y a tus Cantus en Erasmus, a tu Royal Antwerp, a tu
multiculturalidad y, por supuesto, a tu Borgerhout, mi segunda casa,
mi hogar lejos de casa.
Hasta pronto, Amberes.
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