Perfecta imperfección

 

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Criterio


18:30h - Barra de equilibrio 

Centro deportivo Kariake, Tokio. Es 3 de agosto de 2021 y en unos minutos va a dar comienzo la final femenina de barra de equilibrio de los Juegos Olímpicos. 

Puedes dispararme con tus palabras, puedes herirme con tus ojos, puedes matarme con tu odio, y aun así, como el aire, me levanto”[1]  Cojo aire. No sé si voy a poder ¿Cuántos espectadores estarán esperando en todo el mundo para ver mi actuación? ¿Cien millones? ¿Más? No, no puedo permitirme un pequeño fallo. Volvería a decepcionar a mucha gente.


Dos días antes. 17:00h - Suelo

Tiene lugar la clasificación de distintas pruebas en la gimnasia rítmica femenina. En ellas, Simone y algunas de sus compañeras de equipo cometieron errores tan importantes como inusuales. Estaban nerviosas, inseguras. Ella, la que más. “La principal atracción de estos Juegos Olímpicos está irreconocible”, comentan los medios. Una maravilla suya, ese movimiento original que se esperaba en el ejercicio de suelo, iba a ser el momento de máxima audiencia del evento y la fotografía de portada en todos los periódicos del mundo. Pero Simone corre y, cuando cae al suelo, se sale tanto de los límites que se desliza por el borde de la plataforma. Consigue, aun así, colarse en la final, pero Simone renuncia a ella. El mundo entero se pregunta por qué.


18:45h - Barra de equilibrio

Las gimnastas que van a luchar por medallas en la final de barra de equilibrio ya han calentado. Se están despojando el chándal. En unos instantes saldrá la primera a competir.

¿Y si me retiro ahora? Total, ya lo he hecho en todas las finales anteriores. No, no puedo volver a hacerlo. ¿O sí debería? No soy solo deportista, soy también persona. Hay cosas más importantes en la vida que la gimnasia. No sé qué hacer. Esta ansiedad está pudiendo conmigo. Otra vez lidiando con contra los putos demonios. Y en el peor momento posible. ¿Por qué ahora, joder? 


Tres días antes. 16:30h - Salto

La prueba de clasificación de salto ya ha comenzado. Multitud de cámaras, fotógrafos y periodistas fijan su objetivo en la gimnasta texana. En la ganadora de 25 medallas en campeonatos mundiales y -hasta esa fecha- 5 medallas olímpicas, cuatro de ellas oro. En una de las pruebas que la elevó hace cinco años en Río al olimpo de los elegidos. Pero Simone corre, salta, y da una pirueta y media en lugar de dos y media. Y cae y cierra en falso. Simone ha aterrizado fuera de la colchoneta. En la final, Simone vuelve a no presentarse, como en la de barras asimétricas, como en la prueba individual, como en la de la prueba por equipos. Ya son cinco las finales a las que ha renunciado en los Juegos de Tokio. “Lo siento chicas, os quiero”. “No puedo subir allí” “Habéis estado entrenado toda vuestra vida para esto, yo ya he estado en unos Juegos Olímpicos, estaré bien”, anima Simone a sus compañeras durante la prueba por equipos.


18: 53h - Barra de equilibrio

En la pantalla del recinto se lee el nombre de Simone. Es su turno. Competirá representando a Estados Unidos en la última final de las pruebas de aparatos, la de la barra de equilibrio. La prueba que, seguramente, más precisión requiere.

Noto el peso del mundo sobre mis hombros. Mi ritmo cardíaco está aumentando. Estos momentos previos son los peores. Una mala pisada y estaré perdida.

Cálmate. No tienes que demostrar nada a nadie. Venga Simone, concéntrate. Eres capaz de hacerlo -me repito un par de veces antes de que la megafonía anuncie mi nombre- solo un minuto y diez segundos, y todo habrá terminado.

Acabo de subir a la barra. Noto la tensión, pero los demonios han desaparecido. El trauma de mis padres, los abusos sexuales de Larry Nassar, la agobiante búsqueda de la perfección. Todo se ha esfumado aquí arriba. Estamos la barra y yo, nadie más.

Tras un minuto y cinco segundos de buenas ejecuciones, Simone encara la salida en barra con un “flic flac” de una pierna, luego otro de dos, y un doble en carpa. Aterriza prácticamente clavada. Ha realizado un gran ejercicio. Ya está. La prueba ha terminado. La tensión se ha liberado. La presión se ha superado.

A pesar de obtener una buena puntuación del jurado, la presión mediática continúa acechando la figura de Simone durante los días posteriores. Los malos resultados y sus retiradas no hacen más que alimentar las incógnitas sobre su estado físico y anímico. ¿Está bien Simone? ¿Ha llegado el fin de la carrera de la mejor gimnasta de todos los tiempos?

Se desahoga la norte americana en las ruedas de prensa y en sus redes sociales. “La mayoría de ustedes me conocen como una chica feliz, risueña y llena de energía, pero últimamente… me he sentido devastada. Cuanto más trato de apagar la voz que hay dentro de mi cabeza, más alto grita”. Un proceso largo, duro, donde es tiempo de encontrarse con uno mismo. “Quieres que llegue, pero también quieres que no termine. A fin de cuentas, soy una gran atleta, pero ¿Quién soy? Si nos quitamos la máscara, entonces ¿Quiénes seremos? Todavía estoy tratando de averiguarlo”.

El tropiezo forma parte del camino. Lo importante es otra cosa. Y Simone lo sabe, lo tiene grabado con tinta en su piel: “Y aun así, me levanto”. 

Simone Biles consiguió la medalla de plata en la prueba por equipos y la de bronce en la barra de equilibrio en los Juegos Olímpicos de Tokio. Desde el pasado agosto se convirtió en una defensora pública de la salud mental y en uno de los principales rostros del movimiento #MeToo, impulsado para denunciar la agresión y el acoso sexual. 


[1] Verso extraído del poema “Y aún así me levanto" (Still I raise), de Maya Angelou, 1978.


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