Delirio
Aún recuerdo el trayecto desde casa hasta el campo de fútbol.
Podría cerrar los ojos y sabría llegar. Lo tengo grabado. Encarábamos la
Avenida de los Poblados dejando atrás Pozuelo y adentrándonos en Carabanchel. A
la ida Gemma Nierga nos amenizaba el trayecto con La Ventana. A la
vuelta, en la misma emisora me dejabas sintonizar el Carrusel Deportivo para escuchar aquellos partidos que no llegaba a ver por ir
a entrenar. Entre medias, horas y horas de tu tiempo y cinco oscuros inviernos
consecutivos pasando frío. Más los que vinieron después. Simplemente por ver
feliz a tu hijo dándole patadas a un balón. Ahí estabas tú.
Estabas
cuando un bebé comenzaba a dar sus primeros pasos. Cuando un niño quería su
merienda. Cuando un chico inocente buscaba respuestas instantáneas a
situaciones inéditas. Cuando un adolescente frustrado se peleaba con los
números y las ecuaciones. Incluso cuando un estudiante universitario abandonaba
su hogar para conocer mundo. Omnipresencia en estado puro.
Omnipresencia pero también polivalencia. Cómo explicarle a alguien que a tus jornadas laborales le añadías horas extra haciendo de chófer, profesora, cocinera y ama de casa en un solo día. Que cada mañana amaneces la primera inyectándonos la energía que necesitamos para afrontar el día. Que gozas de unos superpoderes que no paran de prolongarse en el tiempo.
Por eso te lo debo
todo. Te debo puntualidad, te debo aprobados, te debo salud, te debo bienestar.
Pero sobre todo te debo tiempo. El que tú perdías por cumplir mis ilusiones. Incluso
cuando te he puesto malas caras y te he dado injustificadas contestaciones. Tú
perdonabas y seguías. Y sigues estando. Dando más y más. Sin pedir, nunca, nada
a cambio. Y es que a pesar de tu omnipresencia, polivalencia y vitalidad, esa
es para mí tú gran virtud. Un altruismo único que solo conocemos los que
tenemos la suerte de tenerte.
Ni
siquiera en estos últimos años en los que ya poco o nada debería sorprendernos,
tú regresas para darnos otra lección más a todos, en este caso, desde el otro
lado. El de la hija atenta, preocupada y servicial con sus padres. Porque a
medida que en la familia se van soplando velas camino de las tres cifras, tu
entrega se multiplica.
Y
aunque no pares de repetirme las cosas o de resistirte en ocasiones a aceptar
que ya soy mayor, yo, que no te elegí, ahora y siempre diré convencido que te
elegiría una y mil veces. Por tu paciencia infinita, por tu generosidad
desmedida y por tu amor verdadero e incondicional.
Estas
líneas que te dedico en este primer domingo de mayo son un intento de abrirme
para decirte lo privilegiado, orgulloso y feliz que me siento de ser tu hijo,
pero también una muestra de admiración hacia ti, no solo como madre, sino como
persona. Darme la vida es un motivo para estarte agradecido, cuidarme como tú
lo haces en ella, uno aún mayor.

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