Gracias a ti, Rafa

 


                                                                                                                                         GETTY

Delirio


Algunos dirían que fui tonto, pero yo creo que refleja el respeto y la admiración que te tengo.

No me salió pedirle una foto a Rafa Nadal en noviembre de 2019. Llegaba él por el pasillo de las pistas interiores de entrenamiento de la Caja Mágica, a cuyas puertas fui a parar yo aquellas dos semanas de Copa Davis en Madrid, donde estuve trabajando como controlador de accesos. Allí me crucé a solas con leyendas como Boris Becker, Djokovic o el propio Nadal, a quien de hecho acabé fotografiando con otro trabajador que sí se lanzó a pedírselo. Qué ingenuo yo, en cambio, que no me atreví a invadir su espacio para algo tan vulgar como una foto.

Para la gente de mi generación, hablar de Nadal es hablar de fines de semana de aperitivo, comida y siesta pendientes de la televisión.  Pero también de imitar sus gestos en el recreo, de salir de la discoteca para ver cómo va su partido al otro lado del mundo, o de rezar para que la próxima ronda no te pille en turno de trabajo. Se coló en nuestros hogares durante nuestra infancia y sale de ellos más de dos décadas después. Ver retirarse a Rafa es, para nosotros, como ver marchar al hermano mayor que se independiza.

Su inmenso reconocimiento no atañe únicamente a unos logros que son escandalosos, sino a una forma de alcanzarlos que no ha hecho más que agrandar su figura. Convivió desde 2005 con una lesión crónica en el escafoides a la que se fue sumando un sinfín de lesiones más que le obligaron a ausentarse de una gran cantidad de torneos. A todos esos contratiempos se sobrepuso con una ética de superación y lucha constantes gracias a una cabeza privilegiada que le llevó a protagonizar, junto a Federer y Djokovic, una de las rivalidades más apasionantes de la historia del deporte. En ese camino castigado por las lesiones, el español consumó brillantes regresos al circuito, ganó partidos lesionado y remontó épicamente otros que tenía perdidos. Y siempre en lo más alto. Pura resiliencia.

Además de ese espíritu de gladiador -y de tener un gran talento- Nadal siempre contó con valores como la autodisciplina y la honestidad. “Esta es la realidad…” como tantas veces le escuchamos decir. Ante esas realidades donde los resultados no llegaban, una voluntad indomable por querer mejorar explica la evolución que el balear ha tenido en su juego y por la que él siempre apostó: “La clave no es querer cambiar, es aceptar el reto del cambio”, sostenía. Corrigió su servicio en numerosas ocasiones, mejoró su volea, aprendió a dosificar esfuerzos y a acortar los puntos, y se adaptó a todas las superficies, rivales y condiciones. Humilde e inconformista, su equipo siempre destacó su capacidad para escuchar.

Pero este reconocimiento va más allá. Nadal se convirtió hace ya tiempo en un icono mundial que trascendió el deporte. Conocido por ser un jugador contagiosamente enérgico y pasional en sus celebraciones, nunca tuvo un mal gesto en los momentos adversos. Un respeto que siempre le definió también fuera de la pista, donde se caracterizó por una discreción impecable, cercano a su entorno familiar y alejado de la ostentosidad tan común entre celebridades y deportistas de élite.

Todo ese conglomerado de cualidades y atributos no puede entenderse sin una figura clave en su vida: su tío Toni. Él fue quien le inició en el tenis y quien moldeó su personalidad desde niño. Una persona con grandes conocimientos tenísticos y con mejores valores formativos. Un hombre que marcó el camino de su sobrino desde una filosofía sencilla y exigente, ayudándole a formar su carácter en la dificultad: “Cuando luchamos en una situación totalmente adversa, casi siempre acabaremos perdiendo, pero habrá un día que conseguiremos darle la vuelta a la situación, y ese día justificará todos los anteriores”; y bajándole a la tierra cuando tocaba. “Te admiran, pero solo porque eres capaz de pasar la bola por encima de la red más veces que los otros”. Pequeña muestra de un ideario inculcado por Toni y absorbido por Rafa para sellar uno de los viajes más heroicos de la historia del deporte. 


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Tu retirada es el fin de una época para ti, pero también para todos los que te hemos seguido. Solo nos queda darte las gracias por hacernos disfrutar y por ser una inspiración. Tu marcha deja un vacío, pero permanecerá tu legado y ese grito universal con el que te apoyamos siempre, ¡Vamos Rafa!


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